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Dafeng

Por Aguillón-Mata


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Me considero razonable y desdeño la superstición, pero no pude evitar cierta zozobra al retirar la adormecida vista de una versión alemana de “El Pececillo del Padre Guardián” (“Das Fischchen des Pater Guardian” traducida por Waltrud Kappeler en Atlantis, Freiburg-Breisgau, 1956), conocido cuento de Miró, para encontrarme inverosímilmente con una protuberancia tierna y sensible tras la oreja de la mujer de Pedro, quien espera con una tacita vacía en el café del que soy regular—Bergmannstraße 89. Le llamo la mujer de Pedro porque tal es su circunstancia; no escribiré su nombre. Nunca conocí a Pedro pero a ella sí que la conocí y traté durante las pocas semanas que fuimos amantes, y no niego que es por descarado sexismo que le atribuyo identidad únicamente en relación con un hombre. Un día le dije: Necesitamos pasar una noche juntos; todo ha sido minutos robados al día. Planeamos con la convicción que da lo interdicto una escapada a Sassnitz, en el Báltico; ella tiene dinero. Si había que ocultarse, bastaba para mí un hostal en Wannsee o un hotel barato en mi vecindario, pero ella no quería arriesgarse. Dijo: Si nos ven en la ciudad, mal; fuera de la ciudad, peor: sería una confesión. Había que salir, entonces, pero lejos; había que llegar y partir por separado; había que recluirse en la habitación. Ahora hojea ella una revista y mira el reloj; me pareció muy raro hallarla en mi vecindario pobre y con tal manifestación de asombro la abordé. No parecía contenta de verme, pero ensayó una sonrisa: ¿Por aquí vives? No me acordaba. Sus frases se habían vuelto cortas y atropelladas; no era la misma mujer elocuente y esnob, aguda e hilarante que casi me había enamorado. Su desconsideración, no obstante, permanecía intacta. Recuerdo que nuestra escapada al Báltico comenzó orquestada por tal rasgo de su carácter: tras mi tortuoso viaje de casi cuatro horas en autobús, pregunté en el hotel por el apellido de Pedro: nadie había tomado aún la habitación. Me animé a preguntar con un mensaje de texto: ella seguía en Berlín, volaría pasado el atardecer. Era casi medio día. Obligado al turismo, vagué hasta que el sol me sentó rendido a beber pilsner tibias en la terraza de un bar al que daba una brisa marina con aromas espesos y desconocidos. Sé que llevaba Der Arme Heinrich (1195) de Hartmann von Aue para entretenerme porque fue eso lo que llamó la atención del quien sentado en la siguiente mesa bebía mentas. Con la apariencia de ser extremadamente adinerado, vestía ropas abundantes pero ligerísimas, frescas y absolutamente blancas, Casi como un Emir, pensé, pero los destellos oculares de azul y la barba rubia que escapaban de entre el velo lo delataban alemán. Una o dos joyas robustas pero delicadas anunciaban autoridad y gusto, aunque su modo de ocultar la piel me invitaba a desconfiar. Quizá lo miré con demasiada curiosidad, porque mencionó como explicando que, aunque su alma requiere el sol, su piel no lo tolera. Como sea, Dios o la vida halla siempre el modo de maldecirnos, pensé, pero dije: Usted conoce este libro. Por supuesto: es de aquí mismo. Pero yo sé muy bien que von Aue es suabo, del extremo opuesto de este país. Oh, cierto, pero quise decir “de aquí”, y se tocó el pecho: “Dirre werlte veste, ir staete und ir beste und ir groeste magenkraft, diu stât âne meisterschaft”. De qué va la historia, añadió por puro afán de conversación: ¿de moral, de fatalidad, de derrota? Alzaba ya la voz y ondeaba sus trapos retóricamente. Yo estaba paralizado ante la vista de esas manos de piedra, más parecidas a las de quien con ellas ha arado la tierra que a las del noble que inventé demasiado pronto en mi imaginación. Bueno, dije tartamudeando, es una historia sobre la fugacidad de las cosas de este mundo. A qué ha venido a Sassnitz, me espetó. Callé y bebí cerveza, cabeceando hacia la callejuela. Se viene un tufo raro. Eso es el aliento del Báltico cuando alguien ha pecado y se dispone al castigo. La frase no pudo parecerme más idiota, pero el hombre lo dijo con un convencimiento reverencial que me erizó el cabello. Continuó: este viento no trae sino fiebres y erupciones; lascivia, frivolidad y vergüenza. Como nadie puede entenderlo ni explicarlo—sólo que basta respirarlo para corromperse—, apenas se ha podido nombrar. En principio con cierta eficiencia griega, pero los chinos verdaderamente acertaron, como casi siempre, con la riqueza perifrástica de su lenguaje: aliento marino que no acarrea nada más que a sí mismo, conocido como dafeng o “gran viento”. Hay variantes, por supuesto, en esa tierra vastísima: mafeng o “viento entumecido”, efeng o “viento maligno”, zeifeng o “viento feroz” y seguro hay otros nombres que ignoro. Le repliqué que la ciencia explica mejor su caso. La ciencia explica mucho, pero no esto. Excéntrico y sabio, su charla fue la de su mal. Señaló con sutileza los motivos de mi reticencia a acercarme naturalmente. Apenado por la desconfianza acusada con asco involuntario, me empeñé en sobreponerme y casi nos volvimos amigos. Nos despedimos con un sentimiento agridulce porque nos habíamos conocido pero no nos veríamos más—ante lo cual yo, con vergüenza contradictoria, me sentía aliviado. De regreso al hotel, la mujer de Pedro quebraba hielos para hacer margaritas. Le conté entre las sábanas mi descubrimiento y mi charla, inventándola en realidad para evitar el disgusto de referir la enfermedad. Nos resistimos a creerlo pero, no contando con la emoción de los minutos robados al día, las horas en Sassnitz se extendieron hasta el tedio. Podría contar más anécdotas de mis breves escapes del cómodo hastío frente al Báltico. La normalidad puede ser tan exhaustiva que uno pierde en ella lo que antes más atesoró: las historias. Yo había olvidado esta historia. A un año de aquel fin de semana juntos, hago notar a la mujer de Pedro el revés de su oreja y ella me sonríe sin complejos: Una araña me habrá mordido. ¿Indica esto recientes salidas al dafeng alemán?, pienso. Se entretiene, me dice, presionando la ampolla despacito, tolerando una leve comezón, un como dolorcillo. Mientras se despide, sosteniendo el brazo de un desconocido jovencísimo y hermoso, me cubro una sonrisa adolorida con el libro y la observo por encima.


Aguillón-Mata es un narrador y ensayista mexicano radicado en Cincinnati, Ohio. Publicó en 2004 el libro de ficción Quién escribe (Paisajista)”, además de numerosos artículos, ensayos e historias en diversos medios impresos y electrónicos, particularmente en México.

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